JUAN PABLO II:
LECCIONES DE LIDERAZGO DE UN HOMBRE BUENO
Por Carlos Rodríguez Medina Socio Director de IeTres
Escribo este artículo todavía emocionado por la muerte del Papa Juan Pablo II, un hombre fiel a sí mismo y sus convicciones que, a mi modo de ver, y a más de sus enormes virtudes personales y religiosas, nos ha dado, durante el cuarto de siglo largo de su pontificado, una constante lección de liderazgo en la dirección de uno de los mayores colectivos de personas que existen en el mundo: Los más de 1.100 millones de católicos.
La primera característica de este líder carismático, capaz de aglutinar bajo su manto un equipo con tales diferencias de criterio y de sensibilidades como es la jerarquía católica, y, más ampliamente, a todos los sacerdotes de la Iglesia, ha sido la coherencia con sus propias ideas: Juan Pablo II no se ha dejado influir por las enormes presiones recibidas desde dentro y fuera de su grey, y ha mantenido, contra viento y marea, todas sus convicciones, algunas de ellas palmariamente impopulares, como ha sido su posición sobre el uso del preservativo, para unos, o su frontal oposición a la guerra de Irak, para otros, por poner dos ejemplos conocidos por todos.
Su dominio de los medios de comunicación, basado en una oratoria impecable y en un diestro manejo de la comunicación gestual, es otro de los haberes de este Papa, quien, como resaltaba acertadísimamente al día siguiente de su muerte otro líder en ciernes, Fernando Simón, párroco de mi pueblo, Galapagar, siendo un ancianito casi sin aliento y sin ya siquiera la capacidad de hablar, ha sido capaz de hacer vibrar en directo a más de 40.000 personas en la Plaza de San Pedro en Roma, y a través de la televisión a cientos de millones en todo el mundo. ¡Qué gran lección para algunos líderes políticos de pacotilla, de los que pululan a nuestro alrededor, que no son capaces de hilar siquiera unas breves palabras a un reducido auditorio de unas decenas de personas!
Uno de los retos a los que un líder se enfrenta día a día en su gestión es la de mantener su equipo sin fisuras. En esto el Papa Wojtyla ha sido también un ejemplo. No se conocen graves discrepancias con su gestión por parte de su equipo directivo, constituido por Obispos y Cardenales, aunque, como todos tuvimos la oportunidad de ver en directo en su viaje a la a Nicaragua sandinista, no le dolieron prendas en reprender públicamente a Ernesto Cardenal, a la sazón ministro de cultura de Ortega y artífice principal de la llamada Teología de la liberación, con un dominio prodigiosos, una vez más, de la comunicación gestual ¡Como olvidar ese dedo índice extendido en actitud de reprimenda ante el sacerdote descubierto y arrodillado!.
Además, creo que un líder que lo sea verdaderamente, nunca debe gobernar por amenazas, ni por miedo, como hacen presuntos líderes a los que vemos dirigir de esta manera todos los días. Juan Pablo II se ha caracterizado también por su humildad, su capacidad de escucha y su magnífica relación con el equipo que el mismo había elegido, entre otros algunos destacados españoles como el Cardenal Camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, o su portavoz en casi todo su pontificado, el médico y periodista Joaquín Navarro Valls, que han demostrado con creces su adhesión indestructible al Santo Padre.
La autoridad de Juan Pablo II, como la de todos los grandes líderes, le viene dada sobre todo desde abajo, de manera ascendente: Son los liderados por él los que le reconocen como jefe, y es por tanto un liderazgo genuino, aceptado por todos, y jamás discutido o cuestionado, ni por su equipo de colaboradores, ni por los grupos a su vez liderados por ellos. Esta es otra de las fortalezas de un verdadero líder: saber rodearse también de líderes, que sean capaces de opinar, de disentir, y de tener sus propios criterios, sabiendo dirigir a su vez sus respectivos equipos. Vemos a diario jefes cuyo miedo a perder sus prebendas les hacen rodearse de mediocres pelotillas, que almibaradamente aduladores en público, sólo son capaces de criticarle en privado y de tapadillo, y, lo que es peor, vemos también líderes que eliminan fulminantemente a cualquier colaborador de su equipo que destaque en su labor, no vaya a ser que brille más que él y le haga sombra...
Y finalmente, la última gran lección de liderazgo de un hombre bueno, la de enfrentarse a su retiro, a su muerte en este caso, (por ser su cargo vitalicio como quisieran para sí algunos otros mal llamados líderes), con la enorme dignidad de no ocultarse, de dejar a aquellos a los que ha dirigido con mano firme que vieran su deterioro físico, nunca moral, como un padre con sus hijos a los que, por encima de todo, y más allá de su labor como director, jefe o cabeza visible, ha amado profundamente. Quizá sea este amor a su equipo, a su pueblo, y al mundo entero, lo que hizo de Karol Wojtyla Juan Pablo II, el mayor líder del siglo XX y sin duda uno de los más grandes de la historia.
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