Adrián Ramos (PD/ Agencias).-El chaval tiene vocación. Se llama Farris Hassan, tiene 16 años, estudiaba Periodismo en una instituto de Florida y tras escuchar a un profesor que no hay nada mejor que meterse al fondo en la noticia, cogió los trastos y se largó a Irak. Sólo informó a sus padres -iraquíes de origen- cuando ya estaba en Kuwait. El día de Año Nuevo y repatriado por la embajada de EEUU en Bagdad, regresó a casa.
Su madre, Shatha Atiya, asegura que no lo va a dejar poner los pies en la calle en una buena temporada:
"Estoy extremadamente feliz de que haya regresado sano y salvo; nos ha hecho sufrir y ahora vamos a discutir qué hacemos, pero por el momento sólo le hemos prohibido salir con sus amigos".
Farris dejó Estados Unidos el 11 de diciembre. Pudo obtener una visa para Irak porque sus padres nacieron allí, aunque viven en Estados Unidos desde hace más de 30 años. Su padre, el doctor Redha Hassan, ejerce como médico desde hace dos décadas.
Inspirado sobre lo que había escuchado de los reporteros de guerra, apenas se llevó equipaje. En su primer año en la escuela Pine Crest, una secundaria de unos 700 estudiantes en Fort Lauderdale, pudo leer a escritores como John McPhee -autor de “The New Journalism”.
El libro es una introducción al periodismo de inmersión y sostiene como tesis que a veces es imprescindible vivir la vida de la persona sobre la que escribe para poder comprenderla mejor.
El siguiente trimestre el profesor les encargó elegir un tema internacional y escribir editoriales acerca de él. Farris eligió la guerra de Irak y decidió practicar el periodismo de inmersión allí.
El 11 de diciembre, cuando inició viaje, concluía el curso y estaban a punto de comenzar las vacaciones. Llevaba encima su pasaporte norteamericano y 1.800 dólares, reunidos a fuerza de hacer horas en una hamburguesería y de jugar en Bolsa.
Su primera escala fue Kuwait y desde el mismo emirato fue desde donde envió un correo electrónico a sus padres para informarles de su aventura.
También se preocupó de instruir por email a su hermano Mehdi, que no olvidara dar de comer a su gato. Mehdi confiesa que más que en el gato, en lo que ha estado pensado todo este tiempo es la paliza que va a dar a su hermano menor.
En Kuwait City abordó un taxi para que le llevara a Bagdad.
En el camino llegaría su primer escollo. Farris tenía el pasaporte en regla y había obtenido el visado al ser sus padres iraquíes. Pero la frontera se encontraba cerrada por seguridad dada la celebración de las elecciones.
Así que Farris hizo marcha atrás, volvió a tomar un avión -está vez con destino al Líbano- y aterrizó en Beirut, donde residen unos viejos amigos de sus padres.
Fue allí, tras varias peripecias, donde logró abordar el aparato que le dejaría en el superprotegido aeropuerto de Bagdad. El joven estudiante de periodismo no habla una palabra de árabe, pero consiguió arregárselas.
Tras dos días recorriendo la capital iraquí, Farris se dirigió a la oficina de la agencia Associated Press. Los periodistas, asombrados ante la historia de su joven compatriota, comunicaron su presencia a la Embajada de EEUU. Los diplomáticos no se sorprendieron: habían recibido el aviso preocupadísimo de sus padres y le estaban buscando.
El pasado viernes -escoltado por un funcionario norteamericano y en un avión militar- voló de vuelta a Europa.
El largo viaje de Farris concluyó en la madrugada de Año Nuevo en el aeropuerto de Miami.
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